Siempre me ha parecido que Tailandia es el país perfecto para enfrentarse por primera vez a Asia. Moverse por él es fácil, cómodo y práctico. Y las maravillas que ofrece permiten vivir experiencias de todo tipo hasta al más exigente de los turistas. Templos, playas paradisíacas, sofisticada vida urbana, restos de antiguas culturas, gastronomía, naturaleza, hoteles maravillosos, mercados… ¿Qué más se puede pedir? Pero sus joyas no terminan donde lo hace nuestro conocimiento. Tailandia es un país grande, y sus posibilidades van mucho más allá de lo que imaginamos. La provincia de Trat, desconocida para el turista internacional, es una gran muestra de ello.
Trat supone un importante punto de tránsito entre Tailandia y Camboya. Está situada en la costa, al este de Bangkok, y llegar a ella se traduce en tan solo seis horas de carretera —o una de avión—. El turismo que acude hasta la zona es eminentemente tailandés y, en menor medida, camboyano.



Sin embargo Trat es una joya en potencia. Un tesoro por descubrir, pero vaya tesoro. Y, además de playas de arena infinitas y aguas turquesas, una cultura auténtica y una gastronomía que deja el listón alto al resto del país, Trat ofrece algo diferente y que la hace especial: una manera de conocer la cultura y tradiciones de sus comunidades basada en el ecoturismo.
La principal motivación de los habitantes de Trat es la de conservar el entorno y la naturaleza en la que desarrollan sus vidas. En definitiva, mantener el ecosistema gracias al cual llevan viviendo años y años y que tanto les ofrece. Hoy nos adentramos en esa otra Tailandia guiados por tres de las diferentes comunidades que habitan en Trat.
Ejemplo de convivencia en Bam Nam Chiao
Quizás baste con un dato para entender que la comunidad Ban Nam Chiao tiene algo de especial: la mitad de su población es budista y, la otra mitad, musulmana. Y, ante la duda que pueda surgirle a más de uno, ambas partes conviven en completa paz y armonía, un hecho que les ha valido algún que otro premio por parte del mismísimo Gobierno tailandés.
Barcos de diferentes tamaños y colores aguardan en el canal que hace las veces de espina dorsal del poblado. Reposan sobre las aguas de la misma manera que lo hacen las estrechas pasarelas por las que lo mismo camina una anciana señora con su compra que un joven conduce una moto a velocidad de vértigo. A ambos lados del canal, pequeñas casas, de dos plantas como máximo, se levantan en hilera con las puertas bien abiertas al exterior: aquí la vida privada se hace pública sin pudor alguno.
La gastronomía fue el mayor atractivo durante años en este pequeño rincón de Trat, y aunque se han abierto a un turismo sostenible que abarca más ámbitos, está claro que la comida sigue siendo un punto importante. Una de las mayores delicias son las conocidas como “almejas lengua” (tongue shells), que se pescan a algunos kilómetros de distancia, justo en la desembocadura del canal. Es posible acompañar a un pescador en su tarea tras un pequeño trayecto en barca a motor. Después de saltar al agua —con la ropa puesta— se sumergirá hasta aparecer unos segundos más tarde con las manos repletas de conchas entre sus dedos.






También se puede conocer el entorno en bicicleta. Así se podrán descubrir la vida más rural de la comunidad. No está de más hacer una pequeña parada en la casa de Pee-Noy. Esta señora, a sus 74 años de edad, continúa fabricando a mano los ngop, típicos sombreros de la zona elaborados con hojas de palma.
Paz y bienestar con los Chong Changtune
Solo se necesita poner un pie en el acogedor eco-museo de la comunidad Chong Changtune para que la paz se apodere de uno. Y la razón es bien simple: su oferta de actividades está basada en el bienestar, la salud y el relax.
Y para muestra, un botón: una de las más exitosas es su sauna elaborada a partir de un enorme cesto que imita a los que se usan para guardar a las gallinas. Hecho de productos naturales, habrá que introducirse en un interior, sacar la cabeza por el pequeño orificio y empezar a transpirar durante el tiempo que el cuerpo aguante. El efecto será inmediato: el agua hirviendo y los 10 tipos de hierbas medicinales y aromáticas que contiene en su interior purificarán la piel completamente.



Y después de este tratamiento, no vendrá mal un intenso masaje tailandés: otra de las propuestas de los Chong. En una alta tarima de bambú las mujeres de la comunidad demuestran su destreza en este gran arte nacional.
Para los Chong es muy importante devolverle a la naturaleza todo lo que toman de ella. Por eso mismo miman hasta el último rincón de sus tierras, regalándoles los cuidados necesarios para que siga prosperando y aportándoles la base de sus vidas.
Todos los materiales a partir de los que se realizan la mayoría de las actividades son tomados de su entorno, como el barro blanco con el que cubren el cuerpo en las improvisadas sesiones de spa que organizan en el río, o las presas artesanales que construyen para abastecerse de agua. Para llegar hasta el río, otra curiosa propuesta: hacerlo en el medio de transporte más típico de la zona, un sidecar Salinger de lo más original.



Huai Raeng, la vida junto al canal
Los Huai Raeng son una pequeña comunidad que vive de cara a su canal (Khlong). De él, en el que se mezclan agua dulce, salada y salobre —por algo se le conoce como la tierra de las ”Tres Aguas”—, obtienen absolutamente todos los recursos naturales que necesitan para vivir. De hecho, se trata de una tierra muy fértil. Por eso mismo la cuidan hasta el extremo, por ejemplo, plantando de manera continuada árboles de palma en su ribera de los que aprovechan absolutamente todo. Con sus hojas elaboran sombreros para protegerse del sol, tejados para sus casas, cigarros e incluso un famoso postre del lugar. También de la naturaleza obtienen frutas tan coloridas y sabrosas como los mangostanes, con los que, además, fabrican aceites y hasta jabones.



La gastronomía también destaca en la visita a la comunidad Hueai Raeng. Además de degustar algunos deliciosos platos a base de arroz, huevo, carnes, verduras y aderezos varios, se puede aprender a preparar un envoltorio a base de hoja de palma —como dijimos, lo utilizan para todo— para poder transportar el menú diario a donde se quiera llevar.
Propuestas originales con las que adentrarse en la realidad de comunidades que viven por y para la naturaleza. Conocer una manera diferente de vivir gracias a sus propios habitantes. Porque el lenguaje no es ningún problema cuando se trata con personas con la mente abierta. La misma que nosotros debemos tener para entender que no existe sólo una Tailandia.
Existen tantas como queramos descubrir.


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