Cuarenta y cinco minutos después de salir de Boston el tren efectúa su parada en la estación de Concord. Al descender del vagón veo un retrato en estarcido que alguien ha pintado sobre el paisaje lacustre que decora una de las paredes de madera de la estación. Se trata de Henry David Thoreau (1817-1862), el habitante más famoso de la historia de este pueblo de 17.000 habitantes. He acudido en busca del espíritu de este ser humano y no esperaba toparme con él tan pronto.


Para mucha gente Thoreau fue un escritor excéntrico y solitario, que vivió como un ermitaño en plena naturaleza. Sin embargo, su más conocida experiencia de vivir en una cabaña junto a la laguna Walden sólo duró dos años y dos meses, y durante ese tiempo recibió la visita de algunos de sus vecinos, que se encontraban a apenas tres kilómetros de distancia.
Thoreau se ha convertido en una especie de mentor para todos aquellos que pensamos que nuestra sociedad ha puesto demasiada distancia con la naturaleza y, conscientes de nuestra finitud, tratamos de aprovechar nuestro breve tiempo. Parte de este pensamiento queda reflejado en un fragmento mítico de Walden, el libro en el que Thoreau narró su experiencia:
“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, para no descubrir en el momento de mi muerte que no había vivido.”




Todavía dentro de la estación reparo en otro pasajero. Se trata de un hombre de entre 50 y 60 años, no lleva equipaje y camina con la suela de una de sus botas despegándose a cada paso. Me pregunto si será un descendiente de la familia de Thoreau, quien llevaba sus ropas llenas de remiendos y sentía lástima por “los reyes y reinas que por no llevar sus vestidos más de una vez, no pueden conocer la comodidad de llevar un traje que les sienta bien”.
Al salir a la calle principal de Concord me quedo boquiabierto al toparme con el… ¡Thoreau Shopping Center! Recuerdo que en Estados Unidos cualquier cosa sirve para hacer negocio. Concord es un pueblo muy cuidado, con casas que en el centro son de ladrillo y en el resto de madera. La casa donde vivieron Thoreau y su familia sigue en pie. En las afueras del pueblo se encuentra la granja donde nació.
Pese a que la laguna Walden se encuentra a poco más de dos kilómetros del pueblo, no existe ningún camino peatonal. Aunque estuve tentado de seguir la vía del tren —una de las formas de acceso que Thoreau usaba—, la mayor frecuencia y velocidad de los trenes actuales me hizo desestimar la opción. Caminé por la carretera, ya que Thoreau nos enseñó “que el viajero más rápido es el que va a pie” si descontamos el tiempo gastado en trabajar para ganar el dinero del pasaje. Eso sin contar lo que aprendemos en la excursión.
La decisión me aporta el paso junto a una casa en cuya entrada hay un cartel con un teodolito que me hace pensar en sus años trabajando como agrimensor, además de “fabricante de lápices, profesor de escuela, escritor, naturalista y pintor de paredes”, como respondió Henry a una encuesta para antiguos alumnos de Harvard.
Diez minutos después del cruce entre Walden Street y Thoreau Street llego a la entrada de la Walden Pond State Reservation. Justo al llegar a la laguna hay una pequeña casita de madera que además de muchos de sus libros vende camisetas y gorras con la imagen de Thoreau o alguna de sus citas. Todo es profitable en los USA. A pocos metros existe una estatua de Thoreau frente a una réplica de la cabaña, en la que se puede entrar. La cabaña original ya no existe, pero el lugar exacto donde se encontraba está marcado por unos mojones de piedra y es accesible siguiendo un pequeño sendero que sigue el perímetro de Walden.





Si en tiempos de Thoreau el silencio únicamente se veía interrumpido por “el silbido de la locomotora [que] penetra en mi bosque en invierno y verano, sonando como el grito de un halcón”, hoy habría que añadir otra interferencia del mundo moderno: el ruido de algún avión que cruza el cielo, que si nos llama la atención es porque afortunadamente Walden siguen siendo un lugar bastante silencioso.
El perímetro de Walden no llega a tres kilómetros y su profundidad —como el mismo Thoreau se encargó de medir— es de unos 30 metros. Mi visita es en pleno invierno y está completamente congelada, siendo posible caminar sobre su superficie. Me encanta seguir todo el perímetro hundiendo mis pies en la nieve y sentarme en diferentes troncos y rocas para disfrutar del escaso calor del sol de invierno. Aprovecho la tranquilidad de la orilla más alejada de la carretera para comerme el almuerzo que llevo en mi mochila. No es un bocadillo envuelto en papel de periódico, como Henry nos cuenta en Walden que solía comer con sus manos llenas de resina, pero no creo que el ambiente sea muy distinto del que experimentó.
De nuevo en Concord visito el cementerio de Sleepy Hollow. En el Author’s Ridge se hallan enterrados muchos de los principales autores de la literatura norteamericana del siglo XIX, todos ellos vecinos de Concord. Al propio Thoreau deben sumarse Ralph Waldo Emerson, Nathaniel Hawthorne, Bronson Alcott y su hija Louisa May Alcott. Una minúscula lápida con la única inscripción de “Henry” señala el lugar donde fue enterrado Thoreau. Al lado están las lápidas de sus dos hermanas, su hermano y sus padres. Desgraciadamente Thoreau murió bastante joven —tenía 44 años— tras una bronquitis contraída al permanecer a la intemperie durante una tormenta contando anillos de troncos, que agravó la tuberculosis que sufría desde hacía varios años. “Las hojas nos enseñan a morir”, escribió. Las piñas y pequeñas ramitas dejadas junto a la lápida de Henry son muestra de que su testimonio ha dejado huella en mucha gente.
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