Salgo del metro en South Kensington y no tengo que caminar demasiado para darme cuenta de que estoy en un barrio de Londres con un aire diferente. Estilizado, fino, remilgado… el ambiente que se mueve por aquí parece tener mucha clase. Mujeres y hombres, todos enchaquetados, con tacones y buenos abrigos, caminan de un lado a otro con diligencia. No veo demasiados turistas, al menos por ahora, y eso me extraña: al fin y al cabo estoy en el centro cultural, por “definición real”, de la capital británica.
South Kensington se encuentra al oeste de Londres y aquí las artes son el máximo y más importante exponente. Museos, galerías, escuelas de música y organismos dedicados a la ciencia se concentran en este barrio de altos edificios, grandes ventanales y anchas aceras. Al avanzar por las calles se respira historia. Una historia curiosa y diferente: la de un rey que luchó por cumplir un sueño.
Revolucionando el mundo
Pero empecemos por el principio. Para entender mejor la historia de este núcleo cultural de Londres es necesario viajar en el tiempo. Nos remontamos al siglo XIX: la ciudad crece por la revolución industrial. Fábricas e industrias trabajan sin cesar en la capital británica y generan riqueza a raudales. Alberto, esposo de la reina Victoria de Inglaterra y rey consorte, ama el arte en todas sus variantes y decide apostar por acercarlo al pueblo. Organiza entonces la “Gran Exposición” para mostrar al mundo los avances logrados por Gran Bretaña y sus colonias.





La exposición, que tuvo miles de visitantes, generó unos ingresos inimaginables. Tras el éxito, el rey Alberto lo tuvo claro: el dinero recaudado serviría para invertir en más cultura. En más arte. En adquirir todo un barrio de Londres —South Kensington— que se convertiría en el núcleo de las artes y ciencias del mundo. Y que pasaría a llamarse, popularmente, Albertópolis.
Un teatro para el rey
Mi primera visita comienza en el Royal Albert Hall, un inmenso templo dedicado a la cultura considerado el teatro más grande del mundo. Aquí se llevan a cabo espectáculos tan dispares como conciertos, luchas de sumo, partidos de tenis o actuaciones circenses. Me reúno con Peter, un jubilado británico que hace cuatro años decidió emplear su tiempo en mostrar la historia de este icono artístico a los visitantes que lo deseen. La ruta guiada, de hora y media de duración, cuesta 15 libras.
Peter hace de cicerone por los rincones del teatro como si llevara toda la vida moviéndose entre bambalinas. No para de contar curiosidades sobre la construcción y los espectáculos que aquí se han desarrollado. También se le escapa algún cotilleo, como el del día en el que mismísimo Mandela se saltó el protocolo y comenzó a bailar en el palco real, junto a la reina Isabel, en un acto que unió a artistas británicos y africanos. La propia reina, por no dejarlo en ridículo, acabó acompañándole en el baile.




Desde 1871, fecha de su apertura, la música ha sido la gran protagonista en el Royal Albert Hall y estrellas de todas las épocas han pisado su escenario: desde Wagner o Verdi a The Beatles, Eric Clapton, Jimy Hendrix, Frank Sinatra o The Killers… También figuras del deporte como Mohammed Ali o los mejores tenistas del mundo. Incluso Winston Churchill, el Dalai Lama o Bill Clinton. La lista es interminable y las anécdotas, infinitas.
El teatro puede albergar hasta casi 8.000 espectadores y su inmensa cúpula mide nada menos que 41 metros de altura. Grandes cifras para un gran lugar. Lo curioso es que, aún tratándose de un proyecto ideado por el rey Alberto, jamás llegó a conocerlo: falleció incluso antes de que se pusiera la primera piedra. La reina, para rendirle homenaje, decidió ponerle su nombre y así hacer que su difunto marido estuviera, de alguna manera, siempre presente.
El último regalo de la viuda
Pero para rendirle homenaje de verdad decido cruzar la calle que hay frente a la entrada principal del teatro y entrar en Hyde Park, donde se encuentra el descomunal Monumento a Alberto. Cuando el rey falleció prematuramente debido a una fiebre tifoidea, la reina Victoria no lo pensó dos veces e invirtió gran parte del dinero que su marido había recaudado gracias a la Gran Exposición —y que iba a ser dedicado a la cultura— en él. Veo que algunos turistas se turnan para hacerse una fotografía aunque les resulta difícil que el monumento quepa en la foto. Tan solo hay que echarle un vistazo para comprobar que se le fue un poco de las manos: los 53 metros de altura y las 169 esculturas que acompañan a la figura del mismísimo rey pueden resultar de unas dimensiones un tanto exageradas.



Sigo avanzando por las calles de Albertópolis cuando comienzo a escuchar una melodía que parece proceder de las cuerdas de un violín. Sale de una ventana, en un segundo piso, que pertenece al Royal College of Music, un lugar de culto a la música donde, además de impartirse clases, se puede visitar un museo de instrumentos musicales o admirar manuscritos, partituras y fotografías de antiguos artistas y músicos. También se encuentran en estas calles el Royal College of Art, el Royal College of Organists y otros edificios que albergan instituciones científicas.
El desván de la nación
Mientras continúo mi camino comienzan a aparecer los museos: he llegado a Exhibition Road. En esta larga avenida se encuentran tres de los más importantes: el Natural History Museum (Museo de Historia Natural), que abrió sus puertas en 1881 y contiene más de 70 millones de objetos y especímenes; el Science Museum (Museo de la Ciencia), en pie desde 1857, y el que será mi siguiente parada: el Victoria & Albert Museum.
45.000 metros cuadrados repartidos en siete plantas, 146 galerías y más de cuatro millones de objetos son las cifras que sirven para entender el por qué se trata del museo dedicado al arte y el diseño más grande del mundo.
Al recorrer sus espacios encuentro objetos procedentes de los lugares más recónditos: cerámicas de China, armaduras japonesas, tejidos islámicos, obras de Rafael… Me llama la atención que en el museo hay niños por todas partes disfrutando de la visita. Entre su ecléctica colección intento no perderme la reproducción de la columna de Trajano, dividida en dos piezas para poder ser contemplada mejor y ante la que me quedo sin palabras. También visito la Sala de Rafael para disfrutar del Retablo de San Jorge, otra de la maravillas de este “desván de la nación”, como describen algunos al museo.




A las seis de la tarde anuncian por megafonía que el museo está a punto de cerrar sus puertas y así concluye un día dedicado a conocer de cerca el legado de Alberto. Así termina un día recorriendo Albertópolis: el sueño cumplido de un rey.
Datos prácticos
Las líneas de metro Circle, District y Picadilly tienen parada en la estación de South Kensington. Desde ella existen una serie de pasillos subterráneos que conectan con cada uno de los tres museos. El resto de lugares a visitar se encuentran en las calles aledañas. Si se quiere ir de compras, los grandes almacenes Harrod´s están situados en la misma Exhibition Road.
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