Es temprano, apenas han dado las seis de la mañana y ya he subido hasta el mirador de Felo. Apostado frente a un aguacatillo, con las manos en los bolsillos de la chaqueta como tratando de buscar calor en el fondo, espero a que aparezca una de las aves más hermosas del planeta. Hay unos cuantos animales en el mundo, bastan unos pocos dedos para contarlos, que merecen un viaje, únicamente por el puro placer de contemplarlos. Por su larga cola, los cambios de tono y color de su plumaje iridiscente y la elegancia con la que posa en las ramas, el quetzal es, sin duda, uno de ellos. Estoy en San Gerardo de Dota, uno de los lugares más especiales de Costa Rica. En las montañas que tengo al frente empiezan a entrar las nubes a gran velocidad, nubes que irán quedando atrapadas en el dosel del bosque, propiciando el característico clima del bosque nuboso.



Viendo la enorme densidad de vegetación en este enclave en las estribaciones de la cordillera de Talamanca, no es difícil imaginar lo duros que fueron aquellos primeros días en que Efraín Chacón se abrió paso a machete, en el año 1954, buscando un lugar al que llamar hogar. Quedarse no era, sin embargo, su primera intención; tan solo iba de paso, cazando, pero la belleza del lugar le llevó a ocupar uno de los terrenos conocidos como baldíos nacionales, que daban derecho a la propiedad de la tierra tras trabajarla durante una década. A la tierra le echó maíz, calabazas, zanahoria y sudor; a las manos, enormes callos. Más tarde llegaron algunos chanchos y unas pocas vacas que le dieron para montar una lechería. Cuenta Efraín que el turismo rural, de un modo muy precario, se inició cuando le sembraron truchas al río y empezaron a llegar pescadores. El camino desde la carretera Panamericana hasta San Gerardo, de una decena escasa de kilómetros y casi mil metros de desnivel, era bastante complicado, especialmente en los meses en que la lluvia era más abundante, así que los pescadores preguntaban a su mujer si les podía arreglar —cocinar— una de las truchas que habían pescado o si les preparaba un galleto, algo de comer muy informal.
Aquella primera cocina básica, a la que le añadieron tres cabinas para que pudieran pernoctar, se fue desarrollando hasta convertirse en el hotel Savegre. El nombre de San Gerardo fue cosa de mi mujer, me cuenta Efraín: «San Gerardo es el patrón de las mujeres parturientas. Estando mi señora embarazada me dijo que si allí no había a quién volver los ojos, este lugar se iba a llamar San Gerardo y punto». La llegada de unos científicos de la universidad de Harvard fue providencial para el desarrollo del turismo rural en el valle del río Savegre. Su objetivo era recolectar pequeñas orquídeas, pero en el estudio que publicaron se podía ver la foto de una pareja de quetzales, y una anotación al pie diciendo que eran abundantes y fáciles de observar.
«Tan fáciles —sonríe doña Miriam, otra de las pioneras en San Gerardo—, que uno de ellos venía cuando le silbaba. Tanto lo conocimos que le pusimos Manolito». Doña Miriam se instaló en San Gerardo hace 43 años, empezó a vender un poco de queso, el cafecito recién chorreado, pan de zanahoria; la gente que llegaba a estudiar a la zona venía a comer a su pequeña cocina. «Milagros que hacía uno con eso. Fue muy difícil porque solo había amor y el trabajo en el campo. Pero yo nunca quise salir de aquí, vieras cómo trabajé lavando ajeno, haciendo pancito, empanaditas de chiverre. Me gusta demasiadísimo esto», dice alargando la i acentuada con sincero énfasis y empieza a enumerar, como en letanía, los cultivos a los que ha dedicado parte de su vida: la mora, la papaya, el tomatillo de palo… Doña Miriam se confiesa una enamorada de las aves y de la naturaleza, desde pequeños enseñó a sus hijos a cuidar del entorno: «Y resulta que eso sirve ahora para el turismo». De sus fogones sale toda la cuchara que le legaron madre y abuela: frijoles cocinados a la leña, trucha frita entera, bistec encebollado, ceviche de camarones y pollo casero “de verdad”, entre otras deliciosas recetas que guarda en la memoria.
Pensar en la historia de San Gerardo y en la gente tan entrañable que he ido conociendo me sirve para olvidar un rato el fresco que hace —la altura de la zona, entre los 1.500 y los más de 3.000 metros, hace que las temperaturas, en las horas más frías del día, puedan rondar los ocho grados—, pero no el motivo por el que estoy junto a Rafael Bonilla, al que todo el mundo conoce como Felo. Con el paso de los años, ha ido juntando una docena de caballos para cabalgar por el bosque primario, junto al río Savegre, el más limpio de Centroamérica según el programa Araucaria. El mirador que tiene en unas tierras de su propiedad es uno de los mejores para ver al quetzal, porque a pocos metros hay un aguacatillo, un árbol que da un fruto que conforma una buena parte de la dieta del ave. El quetzal se va desplazando altitudinalmente durante los distintos meses del año, a su mirador llega a partir de agosto hasta noviembre, aproximadamente, y en ocasiones se han contemplado hasta quince ejemplares a la vez.
El quetzal (Pharomachrus mocinno) es el más famoso de los trogones, una familia de pájaros que se encuentra tanto en los bosques ecuatoriales del Nuevo Mundo como en los del Viejo Mundo. Para la mayoría de culturas mesoamericanas el quetzal era un animal sagrado, considerado símbolo de vida, de fertilidad y de abundancia. Los mayas utilizaban sus plumas como moneda y también en sus estandartes y ornamentos. Parece ser que las obtenían capturando al macho de quetzal vivo, cuando migraba hacia las tierras más bajas —justo después del período reproductor—, se las arrancaban y lo liberaban. También podría ser que se las encontraran caídas en el suelo del bosque, ya que los machos se desprenden de ellas de forma natural una vez acabada la época de celo. Lo confirma el hecho de que muchos habitantes de las áreas donde viven estas aves han encontrado, en alguna ocasión, plumas de la cola del quetzal.
A pesar de que la comunidad científica tiene mucha información de la apariencia, la dieta y el comportamiento del quetzal, las estimaciones de su población global no están actualizadas y no existen muchos datos acerca de las tendencias de sus poblaciones. Esta falta de datos dificulta conocer bien las necesidades de conservación de la especie.
El mejor momento para observarlo es por la mañana, bien temprano, cuando, acude a alimentarse de los frutos de varias especies de árboles de la familia Laureacea, conocidos popularmente como aguacatillos. Esta familia está ampliamente distribuida e incluye especies tan conocidas como el aguacate y la canela. El quetzal suele tragar enteros entre dos y cinco frutos, en función de su tamaño. Una vez engullidos, el esófago se encarga de separar la pulpa de la semilla en un proceso que puede durar quince o veinte minutos —este es el motivo por el que los quetzales permanecen posados en el mismo lugar sin apenas moverse—, para acabar regurgitando la semilla.
Es un ave que presenta dimorfismo sexual, siendo el macho mucho más vistoso que la hembra. San Gerardo de Dota es uno de los mejores lugares de Centroamérica para su observación, así que confío en que no tarde en verlo volar ante mí. En el momento que aparece el primer ejemplar, un macho, no puedo evitar la emoción por el sueño cumplido. Recuerdo que, siendo un niño, había oído hablar del quetzal, y de su simbología en el mundo maya, a Miguel de la Quadra-Salcedo. Desde entonces, había querido verlo. A lo largo de la mañana, hasta media docena de ejemplares, machos y hembras, llegaron al árbol. También pude ver uno de los comportamientos más singulares de esta especie, el momento en que uno de los machos regurgitó el hueso del aguacatillo.
Texto: Rafa Pérez y Òscar Domínguez / Fotos: Òscar Domínguez
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