Una de las crónicas de viajes más apasionantes, tanto como desconocida o poco reconocida, es la de las aventuras de Ali Bey. El retrato que hace de su ruta por Marruecos, el país extranjero en el que más tiempo pasó, y de la gente que se iba encontrando no ha variado apenas del que tenemos hoy. Si poco ha cambiado el país vecino desde entonces, nada lo ha hecho su capacidad de fascinación. Ali Bey el Abassy, Príncipe de los Abassidas, hijo de Othman Bey. Así se presentaba Domingo Badía Leiblich en Marruecos, el 26 de junio de 1803. Aún hoy existe divergencia de opiniones sobre los motivos que le llevaron a desembarcar en las costas de Tánger. Los propios historiadores alegan unas u otras razones en función de su credo, lo que nos lleva a teorías con carencia total de sentido crítico, como es el caso de Augusto Casas, o con exceso de él, como puede verse en el estudio de Salvador Barberá. Y no será por falta de información. El diplomático y egiptólogo Eduardo Toda dedicó parte de sus esfuerzos a recopilar cualquier dato o papel sobre Badía, entre los que se encontraban las cartas secretas que cruzó con Manuel de Godoy, el Primer Ministro de Carlos IV.
Con Carlos III se habían afianzado las relaciones con Marruecos. Los acuerdos que obtuvo con el sultán pretendían un beneficio mutuo de los avances de la civilización moderna y un aprovechamiento de los recursos aportados por cada país. Todo esto fue dilapidado por los siguientes gobiernos. Es entonces cuando entró en acción nuestro viajero sin posteridad. Pero antes había que crear al personaje: Domingo Badía aprendió a hablar árabe, aunque en su ortografía había numerosas faltas; estudió astronomía y también tres años de filosofía aristotélica que fueron seguidos de otros tres, según él mismo cuenta, para olvidarla. Además, se hizo circuncidar en Londres.



La verdad es que si el espía Ali Bey pretendía provocar un conflicto que acabara con Marruecos como colonia española, no lo consiguió. Lo que sí nos ha quedado es su legado a modo del que dejaran los grandes viajeros de la Ilustración, que viajaban a la búsqueda de conocimientos pensando en el beneficio que pudieran reportar. Además, su libro Viajes de Ali Bey no hace alusión alguna a política. Es uno de los mejores relatos de viajes de su época —no hubo pocos—, en el que encontramos dosis de quijotismo, ciertas reminiscencias de las Cartas Marruecas de Cadalso e incluso un modo de ver el viaje muy similar el de Ibn Battuta o Mungo Park.
Llegada a Marruecos
A su llegada a Tánger, su rápida inclusión en la sociedad más selecta de la ciudad ha llevado a pensar que fue propiciada por su pertenencia a la masonería. Lo cierto es que motivos hubo para que fuera acogido con cariño por la población local. El estricto cumplimiento de los preceptos musulmanes ayudó a ello, ya que asistía a la mezquita a cada llamada del almuecín y daba limosna a izquierda y derecha. La exacta predicción de un eclipse de sol también contribuyó a su feliz acogida. El comportamiento de los habitantes, cercano a lo ditirámbico, lo explicaba el coronel Amorós en uno de sus informes: “Llegó a verse tan colmado de honores y presentes que temió ya fuesen de buena fe al dispensarlos”.




Tánger le fascinó, su exhaustiva descripción de la medina parece hecha hace dos días y no dos siglos. Continúan humeando los pucheros con cuscús en el que se zambullen varios pares de dedos a la vez, el pan y las frutas siguen siendo excelentes y los jóvenes músicos que yo encontré, dejaban en susurro la estridencia de la que Ali Bey hablaba. Llegó a pensar que la prohibición que tenían los músicos de entrar en las mezquitas era por la posibilidad de despertar al Eterno sobresaltado e iracundo. Es cierto que la de Tánger no es una hermosura fácil, no queda casi nada del poso canalla que conocieron Bowles y compañía, mucha gente quiere salir huyendo nada más poner un pie en la ciudad o la utilizan únicamente como punto de entrada al país. Pero a poco que se le dé tiempo, bastarán un par de tazas de té en el café Tingis, se entenderá por qué Bowles se quedó para siempre en la ciudad. Un poco más exagerado es lo de Matisse, que llegó a exclamar: “¡El paraíso existe!”. Obviamente hablaba de lo especial que es y los matices que tiene la luz mediterránea. También la inspiración de Burroughs, en su permanente colocón, bebió algo de las fuentes tangerinas.



Las huellas del Caballero de Aleppo me llevaron hasta Fez, la capital espiritual de Marruecos. Los baños públicos o hammam ya no tienen cuatro cubos en la entrada para los demonios que vienen a bañarse por la noche, ni las gallinas en el mercado cuestan cuatro o cinco francos la docena, pero la medina de Fez es la misma que recorrió y por la que se perdió Ali Bey. En la mezquita Al-Qarawiyin las fuentes, esteras y el lugar de rezo para las mujeres siguen en el mismo lugar, en el lateral del mausoleo de Mulay Idriss los fieles siguen depositando sus donaciones en el cofre y los curtidores trabajan las pieles. Y al salir de la mezquita idéntico ritual, las personas hormiguean por las callejuelas de la medina, la más grande y enrevesada de Marruecos.


Es fácil acabar perdido en alguno de sus cientos de callejones, muchos de ellos sin salida. Aunque el perderse por esas angosturas puede deparar sorpresas. Tras los insulsos muros de adobe se esconden pequeñas joyas, a veces verdaderos palacios o exquisitos jardines donde reina la paz. Una de esas pequeñas joyas la encontré en el Riad Tafilalet. Fuera de sus muros queda el bullicio de la medina, apagado por el rumor de la fuente en su patio milyunanochesco. La terraza es una de las mejores atalayas de la medina, especialmente durante la llamada a la oración de la tarde, cuando el almuecín de cada mezquita compite por cantar más alto y mejor para atraer a los fieles.
Hay constancia de la visita de Ali Bey a Meknes (Mequínez) pero la mención que hace en su libro es bastante somera así como la visita a la ciudad que no se prolongó más allá del trámite con el sultán y los rezos en la mezquita. Una breve descripción de las murallas de la Ciudad Imperial y poco más. La visita a la Ciudad Imperial, el mausoleo de Mulay Ismail, la puerta el-Mansour en la agitada plaza el-Hedim y las cercanas ruinas romanas de Volubilis entretendrán al viajero bastante más tiempo del que él pasó.
La siguiente etapa me llevó a Rabat y Salé, donde el río Bou Regreg hizo de frontera primero y de nexo de unión más tarde. Desde el río se tiene una buena panorámica de la Kasbah de los Oudayas. Sus murallas parecen fundirse con las rojizas arenas junto a las aguas del Bou Regreg. En el último proyecto de remodelación estaba previsto que las mismas barcas que cruzaban a Ali Bey de una orilla a otra dejaran de hacerlo. Pero dos siglos antes de la llegada de Ali Bey hay que destacar otra presencia en Rabat. Como paradójico hay que calificar el hecho de que los expulsados de España como moriscos fueran denominados en Salé “cristianos de Castilla”. Casi la totalidad del extremeño pueblo de Hornachos se encontraba entre esos “cristianos”, que hoy ya no tienen prohibida la entrada a la Necrópolis de Chellah. Eso sí, previo pago.




Ali Bey se casa
A Casablanca le ocurre lo que a Meknes en el relato de sus viajes. A la (falsa) ciudad cinematográfica no le hizo justicia con sus palabras, aunque tampoco tuvo tiempo para ello. La noche que pasó en la referida como Dar Beïda no dio más que para describir el puerto y las murallas. Aunque también es verdad que el desarrollo de la ciudad sobrevino tiempo más tarde y que la impresionante mezquita de Hassan II, el templo más alto del mundo, no era ni tan solo un proyecto. En la ruta que propuso a Godoy, Ali Bey mencionaba las fortificaciones y artillería de Mazagán, aunque luego sólo llegó hasta Azzemour. La visita de la Cisterna Portuguesa hace que merezca la pena detenerse en la actual El Jadida. En su interior todavía parecen escucharse los chapoteos de la persecución en el Otelo de Orson Welles.
La estancia en Marrakech es uno de los puntos clave de su viaje. El sultán Suleimán le regaló la propiedad de Semelalia, un edén donde entabló amistad con cigüeñas y gacelas. Durante su estancia en Marrakech, y hasta el final de su viaje por Marruecos, puso parte de su empeño en que Suleimán dotara de una constitución a su pueblo. Ali Bey pensaba que la legitimidad de un gobernante debe apoyarse en instituciones que garanticen la propiedad, la libertad y la felicidad individual. Con el fin de tenerlo controlado el sultán le regaló también dos mujeres, que no tuvo más remedio que aceptar y casarse con una de ellas, Mohana, aunque afirmando que no consumaría el matrimonio. Por lo visto la tentación fue más fuerte y aparcó su teoría de que la mujer era una perturbación para el sabio en esporádicas visitas a la habitación de su esposa, aunque rara vez le permitió visitar la suya.




Mientras, en España, la supuesta revolución autorizada por el Príncipe de la Paz era abortada por Carlos IV, que entre cacería y cacería decidió no consentir que la hospitalidad hacia Badía se volviera en daño. Eso, o el temor a las represalias de Inglaterra, país aliado con el sultán. En el caso de Marrakech sí hay precisas descripciones de la ciudad: el minarete de la Kutubia, la Zaouia Sidi Bel Abbés, el mercado, la medina, la plaza y la Mellah o barrio judío, los estrechos callejones por donde siguen pasando con dificultad los caballos.
Camino a Mogador, la actual Essaouira, Ali Bey se topó con una caravana de camellos y tras describir las ventajas sobre otros animales para caminar por la arena, alabó al Creador que dio el camello al africano y el reno al lapón. Y si exactos fueron los comentarios de Marrakech, de minuciosos hay que calificar los de Mogador. Recorriendo las arcadas del mercado, las murallas y cañones de la Skala, sintiendo la presencia de judíos gracias a las incontables estrellas de David sobre las puertas de la medina y viendo volar al halcón de Eleanora sobre la vecina isla de Mogador, sólo me quedó esperar, junto a una buena parrillada de pescado en los puestos que hay junto al puerto, a que apareciera Ali Bey.




El legado de Ali Bey
Los últimos días de nuestro personaje en Marruecos resultan ciertamente convulsos. Tras haber alcanzado la frontera con el Argel, tuvo que dar media vuelta a causa de una revolución recién estallada. De vuelta por Oujda y Taza, tras estar a punto de morir de sed, fue detenido por orden del sultán y conducido a Larache, desde donde le engañaron para embarcar rumbo a Trípoli, con gran pesar de Mohana y su criado que lo despidieron llorando desde la orilla. Ali Bey pasó parte de su vida intentando regresar a Marruecos, así como culpándose de su idealismo tan ingenuo y de su quijotesca visión de la vida. Sus descubrimientos del corredor del Taza, que separa la cadena rifeña del Atlas, o del curso del río Lukus, quedaron a la altura de los hechos por grandes exploradores, pero ¡ay!, Ali Bey era Domingo Badía, español… El reconocimiento le llegó por parte de Napoleón, que se interesó por sus papeles y de José I que le condecoró con la Orden de España.
Los viajes por Marruecos son sólo la primera parte de sus crónicas en Viajes de Ali Bey, pero el resto es otro viaje. Inshallah!
En Tafilalet Tours son especialistas en viajes por Marruecos. Organizan circuitos por todo el país y trabajan con mucha seriedad. Tienen un alojamiento en Fez, el Riad Tafilalet, con una de las mejores terrazas sobre la medina, a la que recomiendo subir durante el momento de la llamada a oración de la tarde, para degustar un té. Las habitaciones están en torno a un patio con una fuente. La gastronomía es excelente, en especial los diferentes tipos de tajine y la pastilla. Hay días que hay música de laúd en vivo, la maestría de los músicos te hará desconectar del mundo, aunque si prefieres no hacerlo disponen de wifi. También cuentan con un hammam.
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