El Parque Nacional Palo Verde es un espacio de gran valor natural en Centroamérica por doble motivo: su mancha del escaso bosque tropical seco y la importancia de su humedal para las aves residentes y las migratorias. La mayoría de la gente que llega al parque lo hace en una visita durante el día, que suele incluir la navegación por el río Tempisque, pero yo había optado por quedarme a dormir en las instalaciones que la OET (Organización para Estudios Tropicales) pone a disposición de los turistas un poco más curiosos. Son cuartos muy sencillos, allí la verdadera experiencia está en vivir al ritmo que marca el Parque Nacional. Nada más llegar supe —me hicieron saber— lo que suponía esa inmersión en la naturaleza.
“Antes de irte a dormir, revisa bien las sábanas. También por la mañana con la ropa y el calzado que te vayas a poner, por si se ha metido algún alacrán”. Miré de reojo a la persona que me acompañaba hasta la que iba a ser mi habitación durante los próximos dos días —serían tres finalmente, pero eso no lo sabía en ese momento—, y que acababa de pronunciar esas palabras. Por su cara deduje que hablaba completamente en serio. “Nosotros revisamos bien el cuarto cada día, pero no está de más echar un vistazo”, insistió. Pese a la advertencia, dormí a pierna suelta. Por la mañana temprano, antes de las cinco, los monos aulladores hicieron de despertador.
Desayunando en el comedor de la OET, entre pedazo de fruta y trago de café, todavía se me escapaba algún bostezo mientras trataba de atender al mapa donde aparecían señalados los diferentes senderos que podía recorrer. El primero que escogí fue el de La Roca, el punto más elevado de Palo Verde, para ponerme un poco en situación. Desde las alturas se podía ver el curso del río Tempisque y la laguna principal, que debido a que nos encontrábamos en plena estación lluviosa —mayo a noviembre— presentaba un buen nivel de agua. En unos meses, durante el verano, las lagunas llegan a secarse y la fauna, especialmente las aves, se concentra en las pocas zonas que quedan con agua. El cambio climático está alterando los patrones pluviales, pero ese no es el principal problema al que se enfrenta Palo Verde.
La creación del Parque Nacional supuso el fin de la actividad ganadera y de la deforestación. Lo que a todas luces era positivo, también tuvo algún inconveniente: el palo verde (Parkinsonia aculeata), la zarza (Mimosa pigra) y, sobre todo, la tifa (Typha domingensis) empezaron a crecer indiscriminadamente. La tifa, especie invasora, es conocida en otros países como totora o como espadaña en el nuestro, y esparce un tipo de semilla que tiene el 100% de probabilidades de germinar. Por eso podemos ver algo inusual para un Parque Nacional: ganado y algún tractor en sus terrenos. Si la tifa se inunda no germina, el ganado, al alimentarse de ella, la deja por debajo del nivel necesario para que la cubra el agua. Refuerzan el trabajo de los animales con el de los tractores, que remueven el fango para que no crezcan esas especies vegetales. Son soluciones temporales, entre los estudios que se están llevando a cabo en la OET está el de poner algún tipo de freno a ese crecimiento desaforado: los espejos de agua son tomados como referencia por las aves migratorias, así que a más vegetación en el humedal menos especies de aves.



Los trabajos de recuperación del humedal están dando sus frutos y actualmente cuesta imaginar un espacio como Palo Verde sin aves, cuando a cada paso te sale alguna diferente: abunda el suirirí piquirrojo (Dendrocygna autumnalis) —piche o pijije en Costa Rica—, es fácil ver garceta grande (Ardea alba) y espátulas rosadas (Platalea ajaja) encaramadas a los árboles; la garza tigre (Tigrisoma mexicanum) alerta de su presencia con su particular sonido, vuelan el pelícano pardo (Pelecanus occidentalis) y el ibis blanco (Eudocimus albus) en pequeños grupos.
Antes de la construcción de la Panamericana el río Tempisque era una de las vías de comunicación más importantes del país. Para sentir la dimensión del río, decido embarcarme en una pequeña lancha para navegar hasta Isla Pájaros. Las últimas crecidas del río y el desbordamiento de las lagunas han borrado algunos tramos del camino que llega hasta el embarcadero; algún caimán despistado anda demasiado cerca del tránsito. Las iguanas sestean en las ramas, ajenas al rápido paso de un par de venados de cola blanca; los pavones norteños caminan en familia y los zopilotes extienden sus alas para secarse aprovechando los rayos de sol que se cuelan entre las nubes. La navegación no es menos interesante y en el trayecto hasta Isla Pájaros avistamos una veintena de especies de aves. La pregunta que me viene a la cabeza es obvia: viendo la diversidad de avifauna que hay en Palo Verde, ¿cómo será ese pedazo de tierra de apenas 2,3 hectáreas al que llaman “Pájaros”?
La respuesta no tarda en llegar. Es un espectáculo. Centenares de ejemplares jóvenes de Garceta grande (Ardea alba) se balancean en las ramas, todavía un poco torpes, esperando a que vengan a alimentarlas. En las familias con dos pollos hay una lucha constante por conseguir el bocado que trae el adulto. Las ramas apenas soportan el peso de las aves, lo que no sería mucho inconveniente si abajo no las estuvieran esperando: el pollo que cae al agua no tiene aún fuerza para levantar el vuelo y acaba siendo la merienda de cocodrilos y caimanes. La isla es el lugar de anidación de ocho especies de aves y tiene una gran colonia de martinete común (Nycticorax nycticorax). No echaba de menos la ausencia del jabirú, una de las aves más emblemáticas del parque, más cuando nos encontramos un grupo del vistoso martinete cucharón (Cochlearius cochlearius), alguno de ellos con un pollo muy joven en el nido. En la otra ribera, un grupo de alborotadoras lapas rojas sobrevolaba los árboles.
Durante el regreso, Davinia Beneyto, una alicantina que está trabajando en la OET, me iba contando que están estudiando el desequilibrio de sexos en los cocodrilos y cómo puede alterar el ecosistema esa alteración, cuando empezaron a caer las primeras gotas. La lluvia no se detuvo ni un minuto durante el resto del día ni durante la noche. Por la mañana, del día que tenía que salir del parque, me comunicaron que la carretera de acceso estaba cortada y que debía esperar a que bajara el nivel del agua para salir. Lejos de ser un inconveniente, un día más me daba la oportunidad de seguir observando aves. Los monos aulladores gritaban más fuerte que ningún día.
Texto: Rafa Pérez / Fotos: Òscar Domínguez
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