Nada más aterrizar en Honduras te van a salir con el popular dicho: Tegucigalpa piensa, San Pedro Sula trabaja y La Ceiba se divierte. La administración, la industria y el ocio como hecho diferenciador de sus tres principales ciudades. Lo que sí tienen en común es la personalidad heredada de la época bananera; para lo bueno y para lo malo. San Pedro Sula es una ciudad que envidia la condición de capital de Tegucigalpa. La ciudad se asienta en el valle de Sula, de donde sale más de la mitad del PIB del país. La principal industria de la ciudad es la textil, de la que los asiáticos se llevan un trozo cada vez mayor del pastel. San Pedro Sula no es una ciudad interesante, sin mucho más que la Catedral situada en una plaza que reúne a diario a nostálgicos zelayistas. Y poco más. Si acaso la curiosidad de los chiringuitos que se amontonan en la vía del ferrocarril y que tienen que desmontar con prisas las escasas veces que al tren le da por aparecer. La calle Real está repleta de restaurantes americanizados de comida rápida, algunos de importación y otros autóctonos, como los que preparan las contundentes baleadas.




Cuando te asomas fuera de la ciudad, cambia el paisaje y el modus vivendi. Los campos de caña de azúcar, palma para aceite y todavía banano, forman las cicatrices del paisaje. Desde el aire, los campos muestran bellas formas geométricas, como una colcha remendada por manos de varias generaciones. En las distancias cortas las plantaciones se vuelven rudas y difíciles en el trato, no fue fácil el periodo de la república bananera. Esa época está muy bien descrita en Prisión Verde, la novela de Ramón Amaya Amador. En el prólogo habla de una Honduras pequeñita y dolorida. Se refiere a lo sentimental, puestos a rodar las distancias nunca son lo que parecen. Durante siglos, todo el que llegó a Honduras fue con la idea de agotar la tierra. Desde los corsarios, con la intención de darle un bocado al botín que los españoles enviaban a los reyes, hasta las multinacionales americanas de la fruta. Para evitar los saqueos piratas, los españoles construyeron la fortaleza de San Fernando en Omoa. En cuanto a lo segundo, no hizo falta defensa. Cuando notaron los primeros síntomas de agotamiento de la tierra, los americanos salieron corriendo dejando al descubierto los tejemanejes de las tierras que explotaban. Si queda alguna duda, el pequeño museo que hay en la fortaleza nos ayudará a distinguir entre filibusteros, piratas y bucaneros.





La carretera que va desde San Pedro Sula a Tela es como un museo etnográfico de Honduras. Gente que pedalea a un ritmo que no lleva a ninguna parte, moteles para parejas con urgencias, Pepsi con afán colonizador colocando su logo en lugares inverosímiles, como una farmacia, en mitad de un río, en un taller mecánico, en el colegio; pueblos con salas de billares, iglesias de todas condición habida y por haber, hamacas colgando a la entrada de las casas y pulperías de horario ininterrumpido. Las camionetas pasan cargadas de gente y tocan su claxon para avisar a un grupo de chavales que han improvisado un campo de fútbol en mitad de la carretera. Los buses tienen mensajes escritos, casi siempre religiosos o de corporaciones, como el de la Misión dental cristiana de Honduras. También hay algunos que se descuelgan con mensajes misóginos: “Son todas iguales”. Escenas de un cuadro catracho, cariñoso apelativo con el que se refieren a los hondureños.
Tela es uno de los lugares que más restos guarda de la salida precipitada de las multinacionales fruteras. Desde una antigua estación en desuso, con vías que mueren en el mar sin barco que las reciba, con los raíles utilizados como plataforma para los pescadores; hasta casas abandonadas de estilo gingerbread que fueron utilizadas por los directivos de la compañía. Tela tiene una buena playa de sugerente ambiente caribeño y mucha vida alrededor de la plaza principal, donde se instalan los puestos de venta ambulante entre ociosos con sombrero de ala ancha y mujeres garífunas que llegan desde la cercana comunidad de Triunfo de la Cruz portando enormes cestos sobre sus cabezas. La Ceiba pone la música en Honduras, con un montón de bares y discotecas en lo que se conoce como Zona Viva, aunque también encontramos la indeleble huella bananera en garitos iluminados con neones en sus últimas horas. Un karaoke, un sombrero en la barra junto a un vaso de ron guifiti, el brebaje que preparan los garífunas; muchas rondas y el seguimiento entrecortado de una triste ranchera.
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