Los colonos romanos fundaron Valentia —en el año 138 a.C.— a orillas de un río que hoy ya no se ve: el Turia. Las constantes riadas y el crecimiento de los barrios hicieron que, en un proyecto faraónico de ingeniería, el río fuera desviado por los arrabales de la ciudad a mediados del siglo XX.
Un río verde
El lugar por donde corrían sus aguas es hoy un parque exquisito salpicado de árboles siempre frecuentado por familias, deportistas y grupos de jóvenes que igual estudian, retozan o se hacen selfies. Hay parques para niños, half pipes para adolescentes e instalaciones para que los más mayores hagan ejercicio. Hasta los perros tienen su particular espacio en el viejo Turia, con piscina incluida para bañarse y perseguir a las incautas palomas que se posan a beber.
Este “río vegetal” es el lugar favorito de Ana, mi cicerone en este viaje. Hace unos años, esta joven emprendedora apostó por enseñar Valencia sobre dos ruedas y, sin pensárselo dos veces, abrió junto al Turia un negocio de rutas guiadas en bici. No se equivocaba. Sus primeros clientes fueron los alemanes y los holandeses, gentes acostumbradas al pedaleo, cuyas ciudades hace ya mucho decidieron ponérselo fácil a los ciclistas.


Las bicicletas son para Valencia
La llana Valencia es muy propicia al ciclismo, y sobre todo ahora con los más de 80 kilómetros de carril bici que progresivamente se han ido añadiendo al mapa urbano. Y habrá más. Siguiendo esa vieja tendencia europea a que las urbes sean más sostenibles y menos motorizadas, Valencia también ha dado prioridad a las bicis en algunas de sus vías. Son las ciclo-calles, donde las dos ruedas mandan sobre los vehículos a motor, que solo pueden circular a 30 km/h.
Pero volvamos a ese río junto al que se fundó la ciudad. Ajustamos el sillín de la bici y empezamos. En la parte más elevada está el parque de Cabecera — la última incorporación a los jardines de Valencia—, una extensa zona verde que recrea el paisaje original del Turia. Este apacible lago rodeado de bosques de ribera y pinares mediterráneos, aún en plena expansión, conectará en un futuro próximo el antiguo cauce del río con el actual, creado tras el desvío de 1958. Junto a los chopos, los acantos y los fresnos propios de estos paisajes ribereños, la ciudad se ha reservado un espacio para ubicar un pedacito de África: el Bioparc.
A los museos en bici
A pesar de estar en diciembre, el día promete sol y temperaturas primaverales así que continuamos nuestro camino hacia el mar a través de las aguas invisibles de este antiguo río urbano. Junto al puente de la Artes, una pausa para un tentempié antes de adentrarnos en las siempre sorprendentes salas del IVAM, el Instituto Valenciano de Arte Moderno. Aquí realizamos una visita a quienes siguen siendo inspiración para tantos fotógrafos: Cartier-Bresson, Herbert List, Walker Evans, Cristina García Rodero o Chema Madoz, entre otros, que contribuyen a que el tiempo en el museo se nos pase volando. Un poco más abajo, si el Turia llevara agua reflejaría otro edificio emblemático y también dedicado al arte, el Museo de Bellas Artes, en cuyo interior comparten techo quienes fueron los fotógrafos del pasado: Van Dyck o Goya entre otros. Y Sorolla, claro. Sólo por él ya merece la pena una visita. El tiempo no nos permite detenernos aquí, pero prometo incluirlo en mi próxima ruta (ciclista, por supuesto) por la ciudad.


Todos los puentes
De nuevo sobre dos ruedas, seguimos rumbo sur por debajo de una serie de puentes de arquitectos y épocas dispares. Parece como si alguien los hubiera desordenado cronológicamente a propósito. Ahí están el puente de los Serranos y su solemnidad post-medieval. En su descripción oficial reza “formado por nueve arcos escarzanos con escollera, tajamares y pretiles”. ¡Ahí es nada!
Luego encontramos el inconfundible sello de Santiago Calatrava en el puente de la Exposición; más abajo el coqueto puente de las Flores, que como bien indica su nombre siempre tiene atareados a los jardineros de la ciudad; y el magnífico puente de la Mar, que se construyó en el siglo XVI para unir Valencia con el puerto. Nos detenemos en todos y cada uno de ellos. Los paseamos, a pie y en bici, los fotografiamos y los contemplamos con detenimiento pensando que los puentes son una buena síntesis de todo lo que le ha sucedido a Valencia a lo largo de los siglos.
La ciudad de ciencia ficción
En esas últimas horas del día en que el cielo se tiñe de azules y malvas —el momento entre chien et loup como dicen los franceses— llegamos al recinto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. La fantástica tetralogía de edificios firmados por Santiago Calatrava junto con l’Oceanogràfic ideado por el madrileño Félix Candela parecen, a esa hora, una colosal escenografía, algo ciertamente irreal. De hecho, los productores de la última película de George Clooney, Tomorrowland (Brad Bird, 2015), no podían creer que nadie antes hubiera escogido este lugar para rodar un largometraje de ciencia ficción.
Hoy no es el equipo de Hollywood quien ha tomado la Ciudad de las Artes y las Ciencias sino un mercadillo de Navidad —con sus food trucks incluidos— el que se aposenta bajo los arcos de la ciudad del futuro. Ya anochece así que Ana y yo decidimos tomarnos un café bien calentito antes de regresar, enlazando los distintos carriles bici que cruzan el casco antiguo, a la céntrica plaza de la Reina. Uno de los puestos vende crepes de chocolate recién hechos. Su olor inunda el recinto. Hoy sí, nos lo hemos merecido.



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