Debo reconocer que esto de la fastuosidad cada vez me interesa menos. También cuando ejerzo de turista. Sí, de acuerdo, reconozco que hay edificios, museos, acontecimientos, etc., que pueden resultar impresionantes; no lo niego, pero el efecto no dura mucho (al menos conmigo). En la mayoría de los casos, la fastuosidad suele tener más que ver con la apariencia que con contenidos profundos que puedan conmovernos.
Recuerdo el comentario de un amigo asegurando que pertenecemos al segmento de turistas “sobremadurados” y es muy posible que tenga razón. Será cosa de los libros, de haber viajado o, quizás, sencillamente de la edad. El caso es que lo que realmente me puede conmover en un viaje son cosas como el sabor de un buen tomate. Estoy pensando en Valencia, en el paseo que di por el mercado Central, una maravillosa mezcla de patrimonio arquitectónico y gastronómico. Lo sé, no descubro nada nuevo, tampoco lo pretendo, pero sé que el olor de las mandarinas recién cogidas es imbatible, y la sonrisa de las vendedoras cuando extienden el brazo para darte una a probar y las oyes hablar en valenciano… hay algo de profundo, de transcendental en estas aparentes simplicidades.



Los amantes de los mercados harán bien en acercarse al de Ruzafa o al del Cabañal, por ejemplo, para notar el pulso de la ciudad, el auténtico. Tomar un cortadito y, si hay más hambre, acercarse a La Pascuala para comer un buen bocadillo, o darse un homenaje y recalar en Casa Montaña para averiguar que las patatas que sirven provienen de los Montes Universales y que las cultiva Roberto. Sensacional.





Valencia tiene estas cosas y muchas más. Hacía años que no la visitaba y el reencuentro ha sido muy gratificante. He disfrutado de una ciudad especialmente amable para recorrerla en bicicleta, con un tráfico pacificado, una ciudad agradable para vivir que conserva identidades que las modernas banalidades no han conseguido borrar. Recuerdo, por ejemplo, en medio de la plaza Redonda, el grupo de mujeres haciendo encaje de bolillos. Vaya, lo normal, sin importarles si era cool o no. O el taller, abierto a la calle, donde Vicenç Benlloch continúa pintando hermosos abanicos y regalando conversaciones entrañables.
No es broma, poder comprar todavía una buena silla de mimbre en la calle Músico Peydró (conocida como la “calle de las Cestas”) es una señal de esperanza para la especie humana. Todo eso, mezclado con los extraordinarios trabajos de artistas del grafiti repartidos por el casco antiguo, o con el encuentro casual con un grupo de violinistas de menos de ocho años que, frente al Tribunal de las Aguas, ofrecen un fugaz concierto. Pasado y futuro lleno de humanidad.
¿Qué es lo que más me ha sorprendido de esta Valencia? Algo difícil de concretar, una sensación muy positiva, un especie de latido en sus gentes. Algo muy poderoso y que viene cociéndose a fuego lento, desde abajo, con raíces en lo mejor de su pasado y con el atrevimiento de gente joven entusiasta con nuevas ideas de lo que significa una ciudad. Emocionante, de verdad.



El mercado de Tapinería podría ser un buen ejemplo de esto que cuento. Un espacio del casco viejo, con los problemas habituales de estos barrios, donde unos promotores privados se dan cuenta de que la clave para que su negocio inmobiliario pueda funcionar es precisamente insuflar nueva vida al barrio. Vida de verdad, no publicidad. ¿La fórmula? La gestión de un conjunto de locales para albergar una oferta temática que se renueva cada quince días, entre otras cosas.
Pero si quieren entenderlo de verdad, desayunen en La Bernarda. Allí se me reveló el fantástico futuro que esta ciudad tiene por delante. Allí volví a enamorarme de Valencia.


Más información en la página de Turismo de Valencia.
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