En los días más claros se ve el mar desde las montañas del Pirineo de Girona. Si trazamos una recta perfecta sobre esa línea visual, nos salen menos de un centenar de kilómetros. Pero el río Ter, que nace en el Parque Natural de Capçaleres del Ter y del Freser, se complica un poco más. Retorcido entre meandros, llega manso, cansado, con una profundidad medida en palmos, a la costa del municipio de Torroella de Montgrí. Es un río muy cantado, rimado y escrito. Cuánta literatura ha bajado por esas aguas en poco más de doscientos kilómetros de recorrido. Santiago Rusiñol, Miquel Martí i Pol, Josep Pla, Jacint Verdaguer o Joan Maragall, por mencionar solo algunos, encauzaron al Ter entre sus páginas.
Josep Pla dijo del Ter que era «un gran trabajador, un río modélico que los padres podrían presentar a sus criaturas para que tomaran ejemplo». Santiago Rusiñol se refirió en términos bien parecidos: «El Ter es un río bien catalán. No es un río gandul, es un río que trabaja, que se gana el pan». El mismo Rusiñol imaginó en la ribera a una chica con un vestido de flores blancas y sombrero con amapolas, mojando la sombrilla en la corriente y mirando correr el agua con una mirada discreta y soñadora. La sugestión del paisaje, porque para eso tenemos a nuestros ríos. No son los grandes ríos del mundo, donde se vive, se trabaja y se muere. Los nuestros son más dados a la ensoñación, al romanticismo, a la contemplación sin prisas. Por carretera, podríamos recorrer el Ter en menos de tres horas. Pero como el río, nosotros nos vamos a complicar un poco más: el kayak, la bicicleta y el caminar serán nuestros medios para alcanzar las fuentes del Ter partiendo desde su desembocadura.
Llegamos a la Gola del Ter cuando el sol apenas tiene fuerza y tan solo algunas gaviotas merodean alrededor del río, haciendo vuelos a ras de agua y rápidos descensos para desperezarse con un baño. En la salida al mar, el río forma una estrecha lengua de arena y parece encarar las ciclópeas rocas de las Islas Medes. La primera impresión al entrar en el agua con el kayak es de aislamiento; atrás queda el tráfico de la carretera y los ruidos propios de las poblaciones cercanas. Solo se escucha el sonido del remo rompiendo el agua. Algún zampullín chico se sumerge aquí y aparece allá, en busca del desayuno; los martinetes salen volando a nuestro paso y numerosos grupos de libélulas dan una nota de color al monocromático verde del paisaje ribereño.
La actividad es sencilla, apta para todos los públicos. Tan solo son necesarias unas sencillas explicaciones, al inicio de la misma, para entender la dinámica del remo. Pese a las recientes lluvias el río baja muy calmado. Cuando el sol empieza a calentar, se agradecen los pequeños tramos con un poco más de corriente que te permiten dejarte llevar y dar descanso al remo. Aún más reconfortantes son los momentos en que, debido a la poca profundidad, hay que bajar del kayak para remolcarlo unos metros y podemos refrescar los pies en el agua. Tras siete kilómetros por el interior del río, salimos en un embarcadero bajo un puente y regresamos a la base para continuar nuestro periplo por el Ter.
El siguiente punto de contacto con el río es en la ciudad de Girona y el medio escogido esta vez es la bicicleta. Trayectos como Pirinexus, la Ruta del Ter o las vías verdes, y eventos como Sea Otter, reflejan el gran trabajo que están desarrollando en las comarcas de Girona para favorecer el pedaleo por el territorio. Nos encontramos con el río en las afueras de la ciudad y la idea es hacer un recorrido circular, aprovechando una parte del trazado de la vía verde y volviendo sin perder el Ter de vista, pedaleando por la zona en sombra que nos ofrece el bosque de ribera junto al cauce. Llegando a Bescanó nos encontramos con las huellas del pasado reciente vinculado al río, restos de molinos, fargas y colonias industriales, como la fábrica Grober, que trajeron prosperidad y que tanto cansaban al río, como contaba la pléyade literaria.



A lo largo del camino encontramos varias entradas al río, zonas aptas para el baño que son aprovechadas por la gente para pasar un día de picnic en un entorno natural a muy poca distancia de la ciudad. El trazado es casi plano, por lo que son aptas las bicicletas de casi cualquier tipo —excepto las de carretera porque los tramos de asfalto son pocos—, siendo especialmente recomendables las de montaña y las de gravel. Al llegar al punto de partida coincidimos en que nos quedamos con ganas de más, pero hay que continuar el camino hasta encontrar las fuentes del Ter.
Subimos hacia el Parque Natural de Capçaleres del Ter i del Freser recordando los versos que Jacint Verdaguer dedicó a los dos ríos:
Lo Ter i lo Freser una aspra serra
tingueren per braçol,
bessons que veié nàixer de la terra
la llum del mateix sol.
*****
El Ter y el Freser una áspera sierra
tuvieron por cuna,
gemelos que vio nacer de la tierra
la luz del mismo sol.
Aprovechamos las instalaciones de las pistas de esquí de Vallter, espacio que por motivos obvios no pertenece al espacio protegido del parque, para subir en el telesilla hasta el bar Les Marmotes, en la cota 2.535, y empezar un descenso desde allí que nos llevará hasta el nacimiento del Ter, primero, y a un agradable paseo en el que no dejaremos de escuchar el dulce murmullo de este río primerizo, que trata de coger carrerilla montaña abajo para llegar con fuerza a las tierras más planas de su recorrido en busca del Mediterráneo.
Con el nacimiento del Ter pasa lo mismo que con el de otros grandes ríos: apenas brota un hilo de agua que cuesta imaginar que pueda ser navegable en kayak algunos kilómetros más abajo. Desde esa primera fuente se tienen vistas del pico de Bastiments y de los dos Gra de Fajol. Muy cerca del nacimiento podemos ver algunos fragmentos de gneis, las rocas más antiguas de Catalunya, cuyo origen se remonta al nacimiento de los Pirineos. Hablando de piedras, hay un lugar que, sin ser nada excepcional, merece una parada y nuestra reflexión. Me refiero a los pocos restos que quedan del que fue el primer refugio de la península, el de Ulldeter, construido por aquellos primeros entusiastas excursionistas, en muchos casos relacionados con el movimiento de la Renaixença, y a los que debemos nuestra actual manera de acercarnos a contemplar y entender las montañas pirenaicas. Al caer la tarde, de vuelta a la parte alta del parque, cuando la mayoría de visitantes han regresado a sus lugares de pernocta, disfrutamos de la compañía de algunas de las especies de fauna más emblemáticas de esa parte del Pirineo: un grupo de rebecos se encarga de ir poniendo la distancia a la que podemos observarlos sin que se sientan amenazados, un paso dado por nosotros, dos pasos que ellos retroceden; pequeños grupos de buitres leonados y un solitario quebrantahuesos planean en busca de la cena y las marmotas alertan de nuestra presencia con agudos silbidos.




Al día siguiente, madrugamos para ver amanecer desde el pico de Bastiments, a 2.883 metros de altitud. En la cima, desnuda casi de vegetación, encontramos algunos ejemplares de siempreviva (Sempervivum montanum), una curiosa planta formada por rosetas de pequeñas hojas en forma de corona, de distribución alpina, y que solo florece una vez en la vida. De regreso a Setcases, volvemos a caminar junto al río Ter, atentos al rumor del agua para ver qué nuevas historias nos cuenta.
Datos prácticos
Para hacer la ruta remontando el Ter hemos utilizado los servicios de tres empresas. Cabe destacar la profesionalidad de la gente que nos ha recibido, cuando las cosas se hacen con pasión y conocimiento del medio se consigue transmitir de manera más acertada y que el visitante se vaya, no solo con una grata experiencia, sino habiendo aprendido algo. Para el alquiler de kayak hemos ido a Kayak del Ter, que tienen su base en la localidad de Colomers. En la ciudad de Girona hemos alquilado las bicicletas, en CicloTurisme Tours, y en el Parque Natural Capçaleres del Ter nos ha acompañado un guía de CEA Alt Ter.
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