Hasta hace pocos años lo único que había oído del país es lo que Mecano cantaba en su Blues del esclavo: «…o esto cambia o ´tos pa` Gambia». Si miramos el mapa de África, vemos que Gambia es poco más que un chirlo, uno de esos feos cortes de navaja pandillera, fruto en este caso de los caprichos colonialistas que desmembraron el continente durante el reparto de cromos de la Conferencia de Berlín. Una barra libre oculta tras el eufemismo Uti possidetis iure que dio al Reino Unido un puñado de tierra alrededor del río, cincuenta kilómetros de país en el lado más ancho.
Aunque también corre una de esas leyendas, tan del gusto de los guías turísticos, que cuenta que las fronteras con Senegal se establecieron por el alcance de los cañonazos británicos en disputa con los franceses por el territorio del río. La reacción de los ingleses fue la de intentar desprenderse del paupérrimo territorio —Gambia no disponía de recursos naturales ni minerales— pero al final mantuvo el control hasta la independencia del país en 1965, aunque la soberanía correspondió a la reina Isabel II hasta cinco años más tarde. Siglos atrás, el interés por el territorio fue totalmente diferente y éste fue controlado por europeos, también piratas, del más diverso pelaje.
En 1455, los portugueses establecieron rutas marítimas para comerciar con el Imperio de Malí utilizando el río Gambia como entrada al territorio. En 1588, el derecho del comercio fue transferido a los británicos y durante una década del siglo XVII fue el reino polaco-lituano el que manejó el cotarro. Los ríos Gambia y Senegal eran considerados estratégicos porque permitían el tránsito fluvial al interior de África, pero sobre todo hacia el exterior, especialmente durante el auge del comercio de esclavos. Los barcos partían hacia América desde la isla de Fort James, cercana a la desembocadura del Gambia, una isla que cambió de manos una decena de veces en tres siglos.
Tras la total independenci, a Gambia le dejaron algunas fortalezas repartidas por el río y también el cricket, que todavía se juega en la McCarthy Square de Banjul, la capital del país. Para Senegal quedaron las baguettes y las misiones católicas. El país más pequeño de África continental acabó partiendo en dos Senegal: un árbol anglófono en mitad de un enorme bosque francófono. Con la toma del poder por parte de David Jawara, el país gozó de una aparente prosperidad, si bien sujeta por débiles hilos. El asunto del cacahuete iba viento en popa gracias al aumento del precio para la exportación y empezaron a llegar los primeros turistas.




Con las intentonas golpistas de la década de los ochenta, Jawara recibió la ayuda de su homólogo senegalés. De esa cooperación nació la voluble idea de unir los dos países y se constituyó la confederación de Senegambia, que no fue mucho más allá de la integración de los dos ejércitos. Un espejismo que duró apenas siete años. Desde entonces, como en todas las relaciones vecinales, ha habido un poco de todo. Y en el eje de la mayoría de los roces, el enquistado conflicto de Casamance. La población de los dos países está integrada por más de una veintena de etnias subsaharianas, con mayoría mandinga en Gambia y wolof en Senegal, a excepción de la región de Casamance que es predominantemente diola.
Por tradición, a los diola no les ha gustado el sometimiento de los diferentes visitantes que han pasado por la región a lo largo de la historia. El Movimiento de las Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) viene reclamando la independencia del territorio desde hace treinta años. Durante este periodo, ha habido diversos intentos de acercamiento entre el MFDC y el gobierno senegalés, en ocasiones con Gambia como mediador. Pero unos acaban acusando del fracaso de las negociaciones al MFDC, del que se ha llegado a insinuar que provoca episodios aislados con disparos en la región para que los rebeldes sigan teniendo una razón para cobrar sus sueldos; la facción más radical de las milicias no quiere diálogo si no es con la cuestión de la independencia encima de la mesa y Senegal ha llegado a acusar a Gambia de esconder a milicianos de graduación entre sus fronteras. La tragedia del MS Joola, en el año 2002, tensó aún más la cuerda entre las partes implicadas, independientemente de que el barco estuviera diseñado para quinientos pasajeros y llevara cerca de dos mil.




En el año 2004 se firmó un esperanzador tratado de paz pero al año siguiente, Gambia decidió doblar el precio de los transbordadores que comunican Banjul y Barra. O lo que es lo mismo, el sur de Senegal con Dakar. La medida tuvo efectos demoledores en la economía de los dos países. El último capítulo se ha escrito con la reciente subida al poder de Macky Sall, el actual presidente senegalés, que puso la solución del conflicto en una parte destacada de su programa electoral. La primera visita del mandatario al extranjero fue a Gambia, de donde se vino con un protocolo de cooperación bilateral bajo el brazo. Está por ver el grado de colaboración del presidente gambiano Yahya Jammeh, un tipo al que calificaríamos de peculiar si no fuera porque su carácter mesiánico le ha llevado a afirmar barbaridades como que cura el sida los jueves y el asma los sábados, con la única ayuda del Corán y una pócima de siete hierbas como medicina. Eso sí, con guantes de látex para tocar a unos supuestos enfermos que sanan milagrosamente.



Aparentemente, la solución del conflicto pasaría por la construcción de un puente sobre el río Gambia que facilitara el transporte y el comercio. Se lleva años hablando de un proyecto de presa y puente -la falta de suministro eléctrico es otro de los grandes problemas del país-, pero se ha ido desestimando en diversas ocasiones por el terrible impacto medioambiental que supondría. El estancamiento de las aguas detendría los sedimentos necesarios para la producción agrícola, habría un aumento de enfermedades como la malaria o la bilharzia y los manglares que estabilizan la erosión se quedarían sin el agua salada que sube hasta cincuenta kilómetros río arriba. Hace ahora un año, se anunció la concesión de un crédito de algo más de 107 millones de dólares por parte del Banco Africano de Desarrollo para la construcción de un puente que cruce el río, con un plazo de ejecución previsto para los próximos cinco años. Veremos si es la ocasión definitiva para, más allá de establecer puentes físicos, acabar de asentar las buenas relaciones entre los dos países.
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