Vang Vieng debería ser uno de los paraísos de nuestro planeta. Y así sería si no fuera por Vang Vieng. La primera sensación que tuve, cuando el autobús desde Luang Prabang me dejó en la carretera, fue mala. Los tuk-tuk intentaron cobrarme 30.000 kips por un desplazamiento de 300 metros. La segunda, cuando llegué a la calle principal, fue peor. Bares con una happy hour que parece el horario laboral, paintball, quads, el anuncio de un campo de golf y pintadas de Tourists go home.
En los alrededores de Vang Vieng, y como telón de fondo de la localidad, encontramos uno de los paisajes kársticos más espectaculares del Sudeste Asiático. Y es sobre la naturaleza de lo debería estar escribiendo, pero mientras tomo algunas notas en la terraza de un bar, con vistas al río Song, suena música de Bob Marley a todo trapo: I wanna love you and treat you right… No había otra opción, del de más allá llega estruendosa música electrónica, distorsionada por el exceso de volumen. Y otro tenía un cartel disuasorio en la entrada que decía “Las burgers más grandes de Laos”. Con banana pancake de postre.


Se suele hablar de los efectos nocivos que el turismo de masas puede tener sobre la población local, que en ocasiones cambia o adapta sus costumbres y sus tradiciones para darle al turista lo que quiere o lo que cree que quiere. Pero no hay peor plaga que la del mochilero que sigue a pies juntillas la ruta y el concepto de la Banana Pancake Trail por el Sudeste Asiático. A Vang Vieng llegan principalmente a dos cosas: a emborracharse y a hacer el burro por el río. En realidad, bien pensado, son tres las cosas. A la hora en que el calor hace imposible estar en la calle y la resaca ya no les deja ni dormir, se refugian en algunos restaurantes a ver episodios de la seri Friends, uno detrás de otro. A esa edad, todavía no conocen el Espidifen ni el Omeprazol y los excesos se curan con grandes dosis de televisión.





La localidad está llena de tiendas Mart, el equivalente laosiano al 7Eleven, en las que venden productos occidentales. No falta el Nescafé, el té en sobres de Hornimans, galletas, patatas de bolsa, mucho alcohol barato y muchos condones. Aunque el espacio reservado al alpiste necesita una buena reposición y el de los profilácticos rebosa. Ya se sabe que si se abusa de lo primero difícilmente se puede cumplir con lo segundo. O peor aún, se tiende a olvidar lo necesario que es su uso.
Los mochileros llegan a Vang Vieng y, tras encontrar alojamiento, dejan el apéndice que les da nombre y lo sustituyen por un enorme neumático de tractor inflado que les servirá para navegar por el río o como airbag cuando la caída sea inevitable. Cierto es que el ambiente de Vang Vieng se ha relajado algo, no lo suficiente, pero el daño que se hizo ha dejado cicatrices imborrables. Baste decir que uno de los edificios más grandes de la localidad es el hospital. En el año 2012, tras más de una década de excesos y casi una treintena de muertes sólo en el anterior año —ahogados, comas etílicos, mezcla de opio con zumo de lima, desnucados—, el Primer Ministro laosiano visitó la zona y decretó el cierre de los bares que estaban situados, ilegalmente, en la orilla del río. Pero los que sí tenían licencia siguen con el mismo modelo de negocio, cuesta mucho renunciar a cajas diarias de centenares, cuando no miles de euros.


Últimamente, han abierto algunos hoteles boutique intentando atraer a un público de mayor poder adquisitivo y a las familias. Es uno de los caminos, aumentar los precios para seleccionar el tipo de turismo. Pero eso conlleva algunos peligros, están en construcción varios hoteles, mamotretos de toneladas y toneladas de cemento. Algunos ya están acabados y se llenan con autobuses de turistas chinos, lo que probablemente acabe siendo un “de Guatemala a Guatepeor”.
A las 5.30 de la mañana, una parte del pueblo parece un cementerio. En la otra, Vang Vieng vuelve a ser Vang Vieng. Un centenar de metros, del final de la calle principal, está ocupado por un mercado. Señoras en cuclillas y sus mercancías en el suelo, frutas, verduras, chiles, ranas, algo de pescado. Un grupo de ocho monjes y novicios cruza la calle con paso apresurado en su ejercicio diario de demanda de limosna, cada vez que reciben un puñado de arroz o cualquier otro alimento, entonan un breve canto budista.
Por la tarde, vuelvo a escoger la misma terraza para pedir una BeerLao y tomar algunas notas más. Esta vez, la música llega clara y nítida ¡desde la otra orilla del río! Un inconfundible Enrique Iglesias canta Bailando. En mi paso por Vang Vieng, ni la luz quiso ponerse de mi parte, tuve que conformarme con fotografiar el paisaje con la luz dura del mediodía o a contraluz, ya que amaneció muy nublado. Y leyendo la entrada de la Wikipedia sobre la singular ruta Banana Pancake Trail, en entradas afines recomienda la del Grand Tour de los siglos XVII al XIX. Vamos, no me jodas.




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¿Ánimo? 🙂
PD. Me ha gustado mucho el artículo.
Gracias, Cristina. Animado estoy, contaba quedarme tres o cuatro días en Vang Vieng y he salido corriendo en uno hacia otros lugares en Laos, buscando tranquilidad.
Pena, penita pena… De esos lugares en los que sientes vergüenza ajena ¿no, Rafa?
Totalmente, Pablo. Es impresionante ver el destrozo que han hecho en apenas una década!!
Buen artículo Rafa. Un lugar precioso machacado por los backpackers, y lo peor de todo es que la ruta del banana pancake trail también pasa por Pai (Tailandia), y nos da vergüenza ajena ver esta gente paseando por el pueblo sin camiseta, con una chang en la mano y dando gritos. En fin, espero que estés disfrutando en Don Det.
Oscar, Don Det se está pareciendo mucho a Vang Vieng, aunque de momento es solo el lado más cercano al embarcadero donde llegan los botes.
La misma impresion tuve yo del lugar … que pena que siendo uno de los paisajes mas espectaculares y hermosos del SEA el ambiente no acompañe …
Espero que Don Det no haya cambiado tanto y puedas disfrutar de la tranquilidad que hace 7 años SI disfruté en la pequeña isla del Mekong.
Buen viaje viajero
María, si no ponen remedio Don Det acabará igual. La parte más cercana al embarcadero ya está llena de bares con Happy Hour y cócteles mágicos, pantallas grandes con capítulos de Friends y mochileros sin camiseta dando voces.