Tortosa, década de los noventa del pasado siglo. Un joven prepara las maletas para irse al extranjero. Está nervioso, muy nervioso. Parte hacia Bélgica, para ingresar en la prestigiosa escuela de danza contemporánea P.A.R.T.S. de Bruselas. Quiere ser bailarín. No, no es un Erasmus y no es una decisión cómoda ni fácil; ni su propia familia le entiende. Sus padres necesitarán algunos años para darse cuenta de que la manera de entender el mundo de su hijo pasa inevitablemente por la danza. Es Roberto Olivan, heredero de una tradición humana antiquísima que vincula la espiritualidad con el cuerpo y el movimiento.

Fue en la capital belga donde, en 2001, nació la compañía R.O.P.A., Roberto Olivan Performing Arts. No es el primero al que le resulta imprescindible salir al extranjero para encontrar el reconocimiento y el éxito, en este caso como bailarín y como coreógrafo. Es una evidencia que fuera de nuestro país resulta más agradecido desarrollar una carrera profesional en el mundo de la danza. Sin embargo, Roberto siempre ha mantenido una estrecha conexión emocional con las Terres de l’Ebre y una férrea voluntad para procurar sembrar aquí, en su casa, todo lo que ha aprendido fuera. Olivan no es un bailarín convencional. El objetivo de acercar las artes escénicas a todo el mundo define buena parte de su carrera profesional. Su visión de la danza supera a la misma disciplina. Él es muy consciente del poder transformador que tiene la cultura sobre las personas y sociedades. No se conforma con ser espectador de estos procesos, sino que pretende utilizar la danza para transformar la realidad de su entorno.
En el año 2004, Roberto vuelve a Tortosa con la idea de montar un taller internacional de danza y, a pesar de todas las dificultades, lo consigue al año siguiente. Aún así, reconozcámoslo, el nuestro es un país que en general sigue considerando la cultura como un gasto prescindible cuando llegan las primeras dificultades y no como una inversión de futuro, pese a que está sobradamente comprobado que las sociedades más prósperas son aquellas que más apuestan por apoyar la cultura. Sólo en lo económico —que no es el principal aspecto— en Australia, por ejemplo, las artes generan 112.000 millones de dólares; más que la minería, la agricultura, la ganadería y la producción de manufacturas.

En el 2008, cuando el incipiente festival parecía que iba a desaparecer, el entonces alcalde de Deltebre demostró tener visión de futuro y lo acogió. Desde entonces se conoce como Deltebre Dansa. Los reconocimientos no tardaron en llegar y pronto fue considerado como uno de los 25 ejemplos más relevantes de danza por el European Dancehouse Network. En 2015 recibió el sello de festival EFFE por la European Festivals Association (EFA) y en 2019 fue premiado por la propia EFA como uno de los cinco mejores festivales de Europa. Sin embargo, los reconocimientos internacionales no necesariamente se traducen en un apoyo decidido por parte de las administraciones públicas del país. Aunque pueda parecer mentira, las dificultades presupuestarias para afianzar el festival no han quedado atrás.
El festival dura dos semanas y está estructurado en tres ámbitos esenciales. El primero —el que lo originó— es el encuentro de bailarines y artistas de circo contemporáneo de todo el mundo para recibir clases por parte de profesores de reconocido prestigio. El festival está abierto a estudiantes y profesionales, sin distinción. Para muchos de los participantes, Deltebre Dansa se ha convertido en una especie de Meca de la danza contemporánea en el mundo. Algunos de ellos ahorran durante tiempo para pagar los billetes de avión y la estancia que, si bien no es nada cara, para muchos estudiantes supone un notable sacrificio.

Durante dos semanas este pueblo de las Terres de l’Ebre se convierte en el lugar soñado por artistas de todo el mundo. Tiene que ver el excelente nivel y variedad de los cursos que se imparten, por supuesto, pero también la magia que produce la intensa convivencia de apasionados por la danza durante veinticuatro horas al día. Constituye una mezcla de trabajo muy duro y la sensación de estar de vacaciones. Es un tiempo de intercambios de experiencias, de celebración del movimiento y también de reivindicación en una sociedad donde la tecnología y el consumo amenazan con convertir a los humanos en vegetales ante una pantalla. Los que han podido participar en esas jornadas cuentan que es una experiencia que no olvidas nunca. Esto, en una sociedad que alimenta constantemente la banalidad, tiene un nítido carácter antisistema.

En el éxito del festival también tiene mucho que ver el lugar y su sentido, lo que a algunos les gusta definir como el genius loci recordando a los espíritus protectores que según los antiguos romanos habitaban cada lugar. Deltebre se levanta en medio de un espacio singular, un territorio nuevo donde durante miles de años sólo había habido el mar: el delta del río Ebro. Este es el reino de los horizontes, el cielo y la luz. Un entorno rural y natural muy diferente a los espacios urbanos donde suelen desarrollarse estas artes. Aquí la naturaleza late todavía con una fuerza audible. No es extraño que las imágenes de coreografías realizadas dentro de campos de arroz hayan dado la vuelta al mundo. Para los participantes en el festival, Deltebre y el Delta se convierten en una especie de espacio refugio donde buscar y encontrar la inspiración.

El segundo ámbito es la programación de espectáculos de danza y circo de gran calidad a cargo de prestigiosas compañías de todo el mundo durante las dos semanas que dura el festival. Tanto es así que Deltebre Dansa se ha consolidado como uno de los grandes eventos anuales de estas artes en Cataluña. Y el tercer ámbito, que personalmente considero uno de los más interesantes, es la oferta de cursos gratuitos de danza para niños, adultos, aficionados y no profesionales, que pueden ir desde cursos de Bollywood a Urban Dance. Un festival tiene licencia para hacer que ocurran cosas extraordinarias y es en este ámbito donde se manifiesta la otra genialidad de Roberto Olivan. Durante dos semanas, participantes y público se encuentran, se mezclan, comparten espacios y emociones. La población no es sólo espectadora, sino protagonista. Roberto conoce bien a su gente. Con una maravillosa sensibilidad y habilidad, ha sido capaz de ganar el corazón de los vecinos y vecinas de Deltebre. De hecho, ha ido mucho más lejos: a muchas personas les ha cambiado la vida.
En el mundo hay muy buenos bailarines, pero no todos tienen la percepción de Roberto de la capacidad de la danza para cambiar realidades. La cultura es mucho más que una ópera o buena novela. Es fundamentalmente el mecanismo que ha permitido a los humanos adaptarnos al medio. Biológicamente, todavía somos homínidos asustados en medio de la sabana. Por esta razón la cultura es tan importante frente a las crisis que tenemos delante: emergencia climática, crisis de biodiversidad… Los retos a los que nos enfrentamos no son tecnológicos sino sociales y culturales: cómo cambiamos un sistema económico que sabemos insostenible basado en el crecimiento ilimitado. Las decisiones clave que debemos tomar responderán, como siempre, a los valores presentes en la sociedad y estos valores no se producen en un laboratorio. Es a través de la cultura que se construyen. Como afirma Toni Puig, «la cultura facilita los valores éticos que dan sentido a la vida. No podemos vivir sin cultura: sin vida con sentido».

La cultura es un motor de generación de sentidos para la existencia. Nancy Huston, en su maravilloso libro La especie fabuladora, sostiene que una de las características esenciales de estos mamíferos llamados Sapiens es la conciencia de la finitud. La muerte nos exige buscar un sentido a la vida, aunque muy probablemente no la tenga. «El universo es silencio», dice. Percibimos nuestra existencia como un trayecto con sentido desde el nacimiento a la muerte. Es decir, tiene la estructura de un relato y no es casualidad. Sin relatos es imposible encontrar significados: los datos pueden aportar conocimiento, sin embargo, por sí solos son incapaces de generar sentido. Por esta razón necesitamos indispensablemente los relatos, y la danza y la música son una de las formas más antiguas y extraordinarias de contar historias y de recrear el poder balsámico que ejerce la belleza en nosotros.

Tengo la suerte de haber vivido desde dentro y con intensidad lo que representa un festival cultural, en este caso, Tarraco Viva. Por esta razón, antes incluso de haber conocido Deltebre Dansa y a su director, intuía con inusitada certeza de que algo muy importante debía estar pasando en Deltebre, más allá de la misma danza. Cuando finalmente fui a conocerlo, el comentario de uno de los organizadores me confirmó lo que presentía. Me detalló que los niños y niñas en la escuela del pueblo jugaban a fútbol, a bous y a Deltebre Dansa. Esto es el éxito. Lo esencial en cualquier gestión cultural son las personas, su vida.
Las posibilidades de un sitio para la creatividad, por pequeño que sea, son ilimitadas si se fomenta. Durante dos semanas, el mundo aterriza en Deltebre y se llena de gente diversa, muy diversa, “extraña” incluso para muchos. Es precisamente en los límites donde el mundo es más fecundo. Después de todo este tiempo, la mirada de la gente de Deltebre ha tenido irremediablemente que cambiar y enriquecerse. Pero no sólo eso, Roberto Olivan ha propiciado una verdadera gestión cultural del evento consiguiendo progresivamente implicar a aquella población curiosa por la danza, que, desgraciadamente, todavía son mayoritariamente mujeres. Personas de todas las edades, que nunca se lo habían planteado, han descubierto en la danza un maravilloso instrumento de expresión de su sensibilidad y un medio de comunicación con los demás. La cultura crea comunicación, relaciones, complicidades y tejido asociativo. El resultado son comunidades más resilientes, mejor preparadas para hacer frente a los retos de un futuro que ya tenemos encima.

Tal y como señala Jonathan Holloway, «algo debe cambiar el mundo, que es evidente que debe cambiar. Esperábamos que lo hicieran los políticos, pero, dada la actual situación mundial y las actuaciones de gran parte de los políticos, deberán hacerlo los artistas, los escritores, los creativos, los líderes culturales y la ciudadanía en general. (…) Las artes, todas las disciplinas creativas, son imprescindibles para juntar a la gente y encontrar los momentos de celebración colectiva, que son los que promueven nuevas maneras de relacionarse».
Según Toni Puig, «la cultura siempre son ideas, valores, estilos, mentalidades. Es sentido, es símbolo: sueño. Lo que debemos ser. Lo que nos esforzamos por vivir, por sentir, por comprender, por conocer. Esto implica esfuerzo personal, voluntad, sensibilidad y comunión. Las ciudades, los países, viven, crean cuando apuestan —conjuntamente desde y con sus ciudadanos— por horizontes de mayor humanidad y no sólo de mayor consumo. Somos, aunque parezcamos empeñados en quererlo olvidar, homo simbolicus, es decir, hombres de cultura que pueden diseñar cómo quieren vivir y convivir. Creativa y activamente o pasivamente y domesticados. En cohesión o en enfrentamiento. Cultura no son sólo los cuadros, los libros, la música, los debates, el teatro… Cultura es, especialmente, lo que dicen, lo que transmiten estos cuadros, este teatro, estas músicas: ideas, propuestas rotundas de vida, en definitiva: valor cívico.»

En un mundo que indefectiblemente tendrá que decrecer en el consumo de materias y energía, la cultura es la mejor garantía de salir ganando, de asegurar vidas más plenas, con mayor sentido, con mayor felicidad. Es decir, la cultura representa la mejor estrategia para disfrutar de una buena vida. Un anhelo que, me atrevería a asegurar, compartimos todos los humanos.

Edición de 2022 de Deltebre Dansa: del 4 al 17 de julio.
Programación, inscripciones y venta de entradas en deltebredansa.com
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