Grasse es la capital mundial del perfume desde que, en el siglo XVII, sus artesanos empezaron a aromatizar los guantes de cuero con esencias florales. Esta pequeña ciudad, situada en la región francesa de Provence-Alpes-Cote d’Azur, sigue aplicando su extraordinario conocimiento perfeccionado con el paso del tiempo. Son responsables de todo el proceso: desde la delicada recolección de las flores hasta la creación de las más sutiles fragancias.
“Si nos remontamos en la historia de la humanidad, vemos que todas las civilizaciones del pasado utilizaron perfumes. De hecho, la palabra perfumar proviene del latín perfumare, que significa algo así como ahumar”. Nos lo cuenta Olivier Quiquempois, conservador del Musée International de la Parfumerie, ante una serie de tarros egipcios de alabastro creados para contener ungüentos y aceites aromáticos. “Los antiguos egipcios fueron, quizás, quienes dejaron la marca más profunda en la historia de la perfumería antigua, pues la usaban en ritos y ceremonias religiosas, en las momificaciones, como medicina, y también en el arte de la seducción. Las mujeres se untaban con aceite de pies a cabeza: para estar bellas debían, literalmente, brillar”.
Los griegos, a su vez, también fueron grandes aficionados al mundo de los aromas y sus artesanos desarrollaron toda una suerte de recipientes específicos para cada tipo de producto cosmético, como los aryballos que se diseñaron para contener aceite perfumado. Y los romanos —que ya se teñían el pelo y usaban cremas para protegerse del sol— introdujeron el vidrio en la ecuación, ideando delicados botellines que además de ser más ligeros eran impermeables.


Pero no fue hasta el siglo XVII cuando el arte de destilar los aromas se instaló en Grasse. “Hasta entonces, Grasse era conocida por sus curtidores de piel y sus tintoreros. Pero de Italia llegó la moda de los guantes perfumados y algunos artesanos de la ciudad empezaron a aromatizar el cuero con esencias florales”, explica Olivier señalando unos viejos grabados renacentistas. El negocio fue imparable: a mediados del siglo XVIII Grasse ya contaba con un buen número de especialistas en la extracción de materias primas como el jazmín o la rosa de mayo. Unas décadas más tarde esta ciudad ya destacaba por ser la mayor productora de aromas del mundo.
Que la industria de los aromas floreciese en Grasse no solo se debió al primer paso dado por los curtidores de pieles y a los revolucionarios sistemas de extracción de aromas que se inventaron aquí en el siglo XVIII. El especial microclima de Grasse, y de sus aldeas vecinas del Pays de Grasse, es propicio para el cultivo de las más delicadas flores: en 1900, las terrazas que rodean la ciudad ya contaban con más de 800 hectáreas de jazmín, 700 hectáreas de rosales y 65 hectáreas de nardos, además de numerosos campos dedicados a los naranjos, a la verbena, a las violetas o a la menta.
Pero ojo, no todas las flores, maderas y frutos tienen las cualidades necesarias para la industria cosmética. Un ejemplo muy gráfico: de los varios miles de especies de rosas que existen en el mundo solo dos se utilizan en perfumería: la rosa de mayo (Rosa x centifolia), que se cultiva en Pays de Grasse y en Marruecos; y la rosa de Damasco (Rosa x damascena), que crece en Bulgaria y Turquía. La rosa de mayo de Grasse está presente en perfumes emblemáticos como el Nº5 de Chanel, L’Air du Temps de Nina Ricci o Paris de Yves Saint Laurent, y lo mismo sucede con las otras dos flores que son el símbolo de esta ciudad: el jazmín de Grasse (Jasminum grandiflorum) que también se utiliza en el Nº5 de Chanel y el nardo (Polianthes tuberosa L) que se encuentra en el perfume Poison, de Christian Dior.




“Hace diez años, en el Pays de Grasse se recogían dos toneladas de jazmín y quince toneladas de rosa de mayo, pero actualmente producimos unas tres toneladas de jazmín y unas treinta de rosas; eso sin contar las dos toneladas adicionales que producen los campos que Chanel tiene en exclusiva para sus perfumes Nº5 y Nº19”. Constant Viale es un agricultor local que lleva cincuenta años dedicado al cultivo de rosas, jazmines y nardos. Como a todo hombre de campo, a Constant le ha tocado pasar por múltiples vicisitudes. “En los años 80 los nardos estaban pasados de moda, la industria del perfume dejó de usarlos y su producción desapareció por completo”. Pero él no cesó en su empeño y pasó quince años de su vida cultivándolos en sus tierras sin tener ninguna salida comercial. “Mi mujer, y todo el mundo, me decían que estaba loco”. Pero las nuevas modas han vuelto a poner a la Polianthes tuberosa L entre las más deseadas y Constant ha sido el único que poseía bulbos para abastecer al resto de productores. “Hoy el extracto absoluto de nardo es uno de los más caros del mercado y de momento solo lo están usando los más elevados perfumistas”. El porqué se entiende bien con cifras: para producir ochenta gramos de esencia absolue se necesita una tonelada de flores”.



A simple vista nadie diría que de la escueta ciudad de Grasse pueda salir el 6% de las materias primas olfativas que se usan en todo el mundo. Esta colosal industria de las fragancias cuenta con sesenta empresas, emplea a unos tres mil trabajadores y genera más de seiscientos millones de euros al año. Ante semejantes cifras no es de extrañar que en Grasse exista, también, uno de los más prestigiosos y exclusivos centros de enseñanza especializada de Francia. En el Grasse Institute of Perfumery solo estudian doce alumnos cada año. Son hombres y mujeres con título universitario en químicas o farmacia —y que cuentan con elevadas aptitudes sensoriales y creativas— que se forman durante nueve meses para llegar a estar entre las mejores narices del mundo. “Un alumno saldrá de aquí sabiendo distinguir entre 300 y 400 materias primas, también profundizará en la clasificación y reconocimiento de los grupos de fragancias y aprenderá a crear acordes”. Patrick Bodifée es profesor del Instituto y reconocida nariz en activo en una de las empresas perfumistas de Grasse. “Muchos de estos alumnos sueñan en crear sus propias fragancias, pero eso no depende solo de sus conocimientos técnicos, sino también de su creatividad. Hay mucho de artístico en la forma de elaborar un perfume y será esa capacidad creativa la que hará que un perfumista sea bueno o no”.


Las narices son el último estadio en un arte cuyas materias primas habrán viajado desde todos los rincones del planeta. En el mismo Grasse encontrarán la rosa de mayo, el jazmín y el nardo, pero hay que traer el sándalo de Australia, el ylang-ylang de Malasia, el pino de Canadá, el coriandro de Rusia, el geranio de China, y así sucesivamente hasta unas seiscientas materias primas naturales (además de las aproximadamente 4.500 sintéticas) que pueden formar parte del repertorio de un perfumista. “Escribo las fórmulas sentada delante de un ordenador. Crear un perfume no es como la gente imagina, no se trata de esa imagen romántica del laboratorio del alquimista”, cuenta Céline Ripert, una de las pocas narices de Grasse que ha tenido la tenacidad y la suerte de crear y comercializar su propia marca de fragancias, las Nana. M. “Tenemos todas las materias primas en la cabeza e, igual que haría un compositor, nos sentamos frente a un papel a escribir los acordes. Luego, por supuesto, olemos las mezclas y vamos ajustando. Ajustar es lo más complejo. Yo he tardado cuatro años para crear mi colección de perfumes”. El universo fragante de Céline es original y distinto y aunque las fórmulas son altamente secretas, confiesa que cada uno de sus ocho perfumes contiene unos cincuenta ingredientes. “Los aromas han viajado mucho por todo el mundo antes de llegar a este frasquito”.


Los parfums Nana.M lucen en botellitas elegantes pero sin estridencias y eso nos lleva a hablar de otro aspecto vinculado a la perfumería, los frascos, cuya historia y evolución darían para otro reportaje en profundidad. La comercialización de los perfumes —que solían venderse a granel— cambió radicalmente en 1900, cuando la casa de aromas Félix Millot tuvo la genial idea de vincular cada una de sus fragancias con un botellín creado a medida. Este concepto fue un éxito total. En poco tiempo los más reputados joyeros de Francia, como René Lalique, ya diseñaban sofisticados envoltorios de cristal que reflejaban el espíritu de las esencias que llevaban dentro. La siguiente vuelta de tuerca vino de la mano de dos modistos parisinos que fueron rivales en vida, Paul Poiret y Cocó Chanel, que fueron los primeros en vincular los perfumes al mundo de la Alta Costura. Fue una unión exitosa que ha sobrevivido hasta nuestros días —hoy la mayoría de perfumes de alta gama se vinculan a una firma de moda— que dio su pistoletazo de salida en 1921 con el Nº5, el primer perfume Haute Couture.
Más información sobre Grasse y el perfume en las siguientes páginas web:
www.grasse.fr
www.paysdegrasse.fr
www.cotedazur-tourisme.com
www.france.fr
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