Al margen de la ponencia, tuve tiempo —ese es el verdadero lujo— de pasear sin prisas por las callejuelas de Le Mans y los alrededores de la ciudad, paseo marcado por dos factores: el uso de un mapa en papel y la ausencia de reloj. Empecé la mañana entre los puestos del pequeño mercado que montan en la entrada de la muralla, delicioso como solo los mercados franceses pueden serlo, con ese orden que parece fruto de la casualidad y los aromas a hortalizas y verduras frescas, a tentadores quesos y a dulces recién horneados. Desde allí se puede apreciar perfectamente que la catedral de San Julián, enorme, se les salió de las murallas de época romana según fue creciendo. En el interior del templo se conservan un buen número de notables vidrieras, algunas entre las más antiguas de Europa, y la capilla de la Virgen, con unas pinturas en la bóveda que muestran un conjunto de ángeles con instrumentos musicales.



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